MAR

Hacía tanto que nadie era capaz de revolver mi vida…

Tenía tal vez más de dos años que nuestros caminos se habían cruzado gracias a la poesía y los relatos haciendo eco en mi mente con sus breves palabras, un “like,” algún post compartido. Y sucedió que una foto nos hizo coincidir en pensamientos e ideas, logró rápidamente que la vida se volviese más interesante que el día a día desde hacía bastante tiempo.

No, no es raro cómo un adiós siempre es origen de un comienzo… Y precisamente un adiós fue lo que dio comienzo a aquella hermosa amistad. Sí, en poco tiempo se convirtió en mi compañía diaria, en mi apoyo y fortaleza; y a pesar de la distancia el cariño entre los dos fue creciendo, consolidándose cada vez más.

“Me lleva a desearle a cada instante…

A perderme en la locura de sus ojos…

A morir en los suspiros de su corazón.”

Aquel no era un encuentro casual, todo estaba meticulosamente planeado: falda a la rodilla, medias, liguero, zapatillas… El tiempo corría de tal forma que dos horas de preparación parecían no ser suficientes. Dos días antes habíamos confirmado aquel instante que desde hacía más de un mes  habíamos acordado.

El miedo atenazaba mi paz mental tanto como la inseguridad que habían implantado seres de historias pasadas, no es que fuera mujer de máscaras, simplemente surgió por un momento la flaqueza de recuerdos amargos que no deseaba volver a repetir.

¿Sería posible que esta vez fuera todo distinto?

No era difícil saberlo, él hizo esa calma en mí que tanto necesitaba con sólo un par de palabras y con ello, mi mente se deshizo en su ser a pesar de la distancia. No era raro aquello      llevaba varios días logrando que se borrara mi mente por completo con sus charlas (algo que nadie había logrado a distancia y sin conocernos). Y sí, hasta este punto del cruce de nuestras vidas él hacía la diferencia con hechos, ocupándose de todo sin preocuparse.

“Le invité al mar a escuchar poesía… Y no pude más que amar que hizo poesía en mí, su mar.”

Nuestro encuentro no pasó desapercibido para aquellos que me conocían bien pues aunque no era la primera vez que salía a ver a alguien, mi forma de vestir, la preparación para aquel encuentro, la anticipación y minuciosidad puestas en cada detalle daban mucho en qué pensar.

Para variar llegué tarde a nuestra cita, me esperaba en su auto al cual subí con más torpeza que gracia, los nervios de estar frente a él azotaban fieramente mi cordura y un hola balbuceado fue lo único capaz de articular mi boca.

Ya instalados en el restaurante seguía sin poder decir nada decente, la poca seguridad y confianza en mí que quedaban hacían mella, ello salió volando por la ventana cuando con una bella sonrisa me desarmó por completo, no podía más que admirar a ese maravilloso hombre, un bello ejemplar masculino en toda regla, un ser divino lleno de luz que mi alma ya había vislumbrado y del que estaba prendada hacía una eternidad.

Pude ver su esencia y palparla con mi mano.

El desayuno pasó desapercibido, pedí algo similar a él porque mi mente aún no reaccionaba, una charla afable de todo y nada surgió y yo no hacía más que admirarle y sonreír.

Salimos del local después de casi una hora donde lo que menos quería desayunar era aquel plato de chilaquiles con pollo y sí a él.

“Me lleva a desearle a cada instante…

A perderme en la locura de sus ojos…

A morir en los suspiros de su corazón.”

No quise ir a caminar, mi piel urgía por ser poseída en toda regla por su mano.

Ya instalados en la habitación del hotel pude sin parsimonia alguna saludarlo como deseaba desde que nos encontramos en aquella parada, nuestras bocas se encontraron bebiéndose con frenesí, abrazándonos abrazó mis miedos dándome la seguridad que tanto necesitaba.

Caballerosamente fue descubriendo poco a poco cada centímetro de mi cuerpo, levantó mi falda para descubrir que sin bragas mi flor esperaba para ser dilatada por sus sabias manos. Con sus dedos me deshizo cual lluvia repetidamente, aún vestida por completo fui entregándole mi alma en cada oleada de placer que me embargaba.

Nos dimos un respiro para comenzar a desnudarnos y entre beso y caricia, entre hacerme humedecer y desearle más me arrodillé ante él venerándolo, haciendo entrega de mi cuerpo al  placer de mi señor para su disfrute, saboreando su miembro erecto, tragando su hombría.

Acercó un banco a la cama y se sentó sobre él llevándome consigo, penetrando mi vagina,  fundiéndonos en un abrazo completo y total, observando como su cuerpo encajaba a perfección con el mío.

 Por un instante mi corazón se detuvo, me miré en sus ojos y sonreí sabiendo a ciencia cierta que todo al fin se acomodaba en su lugar.

Las manos de ambos recorrieron sin miedo cada poro del cuerpo del otro… Me hizo suya, nos hicimos nuestros.

Jugamos un poco o tal vez un mucho en la tumbona hasta lograr cansarme por completo. Pasamos a la cama y después de mucho tiempo la entrega fue total llenando mi cuerpo (como mi alma) de su ser, de su simiente, de él.

 Descansamos abrazados y por un instante me perdí en un sueño profundo, sin miedos ni pesadillas acechando. Desperté para admirarle, para verle y absorber de él lo que más pudiera, mis dedos recorrieron cada línea de expresión de su rostro venerándole, amándole… Y fui suya por elección y convicción; en silencio (para no despertarle) mi mente hizo entrega de mi corazón a su corazón, ya que mente, alma, cuerpo y ser ya le pertenecían desde hacía mucho y por completo.

Despertó; y después de resolver algunos asuntos inusitados que se presentaron volvimos a la entrega total de nuestros cuerpos, deseando llegar tan profundo para recordarnos siempre, para no olvidarnos nunca, para hacer de ese momento un instante eterno grabado en el libro de la vida… agradeciendo a Dios habernos hecho cruzar nuestros caminos de esa forma, sabiendo que nada es casualidad en esta vida.

Hora de separarnos, de retomar nuestros caminos, de saber que la vida continúa y de desear (secretamente por mi parte) que un momento así vuelva a repetirse.

“Me llama Mar…

Lo que no sabe es que la profundidad de su sentir es mi océano para vivir”.

Malu Ramírez ✾

No era poeta

Ella no era poeta…
Solo era un vago intento de expresar lo que sentía, de mirar desde profundidad sus sentires y pensares, de relatar las historias que la vida le regalaba pero no; no era poeta.

Era un ave surcando cielos, cruzando campos y mares, descansando en la montaña…

Se sabía libre por elección y se amaba.

Se perdía en la oscuridad de la noche haciendo el amor con la luna y gritando su nombre: aullaba buscando aquello que sabía que jamás podría tener y que cuando llegaba a acariciarlo no se apegaba pues en cualquier momento debía dejarlo ir.

No, no era poeta; era el vago intento de sobrevivencia con dosis altas de locura y de pasión por vivir, era hija predilecta de la muerte pues su negro manto la cubría y en su diestra llevaba la marca viva estoicamente.

Había vivido demasiado y tan poco al mismo tiempo…
Pero no era inamovible.

Su corazón latía deseando pronunciar solo su nombre, anhelando respirar solo su aroma, sentir solo su piel… al fin podría vivir no solo en el recuerdo y en la fuga de la vida, no sólo en el sueño no realizado o en los excesos que hacían daño.

No más, se prometió al sentirse vacía, muerta en vida.

No más, gritó a los cuatro vientos cuando solo encontró dolor en la huida.

No más, cuando se supo amada por la muerte y escogida por la vida.

No más, por nada; por nadie… ¡Por nadie!

Pero su grito no fue escuchado por el ser que amaba y otra vez fue pisoteada, volvió a ser flor marchitándose lento por más que no lo deseaba; pero aún peleaba aunque estaba ahogándose sin poder ser salvada, luchaba por vivir a pesar de del todo en contra y de la locura misma.

No, ella no era poeta y sin embargo; las letras eran lo mejor en que se expresaba.

Malu Ramírez✾

Nuestra canción

Un día me perdí en abismo… Y todas aquellas canciones de juventud se fueron al baúl de los olvidados sin ser escuchadas.

Cada una tenía historias hermosas de cuando la sonrisa vivía conmigo y nada importaba más que vivir.

Comencé a escuchar historias de mis amigas, de mis compañeras… Un tiempo escuché la música que a otros les gustaba y los representaba.

Pero la vida dio muchas vueltas y de disfrutar cantar, reír, bailar comencé a “ser responsable”, a ser lo que “se espera” de un profesionista y a olvidarme de sentir la música y solo oír y no escuchar.

Y sí, el torbellino en el que caí me hizo dejar incluso de oír… Y llegó un momento en que ya no era parte de mí la música pues cada canción dolía y sangraba.

Tuve que guardar silencio.

Aprender a escuchar cada sonido de nuevo.

A desear sentir, a desear vivir.

Y volví a sonreír.

Y supe que estaba viva, que sentía, que amaba.

Y mi chiquillo grandollo me trajo nuevos recuerdos con sus canciones pasadas de moda y fuera de contexto… (ya vuelvo a odiar las doscientas mil repeticiones de la misma canción en versiones diferentes).

Y seguí sonriendo, vibrando, viviendo.

Y me llené de vida nueva y momentos nuevos… Dejé de lado el pasado aún escuchando canciones que ayer herían; y volví a sonreír.

Hoy, hoy digo: amor ¡La vida es nuestra canción!

No necesitamos una en especial para recordar que estamos vivos, juntos, felices, que somos etéreos y eternos.

Solo hay que vivir, bailar, cantar, reír, llorar, sentir; y hacer que cada instante de nuestra vida valga, permitiendo que todas las canciones sean nuestras, tuya y mía y de nadie más.

Malu Ramírez ✾